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No me dejes con extraños

Una vez tuve un perro.
Bueno... la verdad es que tuve unos cuantos.
Recuerdo mi infancia y mi adolescencia, siempre rodeado de perros.
Y sus nombres. 
Todos y cada uno de ellos.
No me dejes con extraños
Fui feliz con ellos.
Reconozco que me hicieron... más humano.
Con los años, te das cuenta: Ofrecen muchísimo. Y piden muy poco a cambio.
Sin embargo, hubo uno que fué especial.
Apareció ya crecidito en nuestras vidas.
Definitivamente, no fue "uno más dentro de la manada"
Tampoco "el eterno adolescente" presto a reírle siempre las gracias al "macho alfa" de la casa.
No.
Este... era un adulto.
Se había tenido que buscar las habichuelas él solito.
Con las orejas torcidas y un rabo roto en dos trozos.
Imaginaros por un momento, lo que puede llegar a doler un rabo roto hasta que el hueso se suelda.
Siempre en movimiento.
A mí me entran escalofríos, solo de pensarlo.
Bueno. El caso es que al principio... al principio aparecía por la casa, de tanto en tanto.
Desconfiado.
Nos observaba.
Digo yo.
Con el tiempo se fué quedando en la entrada de la casa o en la terraza, tomando el sol, todo lo largo que era. Como una esfinge. Serio. Estatuario.
Supongo que el ofrecerle agua y comida cada vez que aparecía, influyó en su decisión.
Y así, poco a poco, pasó a formar parte de nuestras vidas.
Como uno más.
Fue perdiendo el miedo a posibles palizas, gritos y otros malos tratos de "seres humanos" con menos humanidad que él.
Y al final, supongo que acabaría diciéndose:
"Les voy a dar una oportunidad"
Y nos la diò
Vaya si nos la dió
De vez en cuando, nos cazaba un conejo. O un puerco espín. Es lo que tenìa, aquello de vivir a las afueras del pueblo.
Los dejaba en la puerta de la casa, moviendo el rabo, sentado y sonriente ( Si, sonreía. Os lo juro)
"Mirar, os he traído la cena"
También se iba de "picos pardos" de tanto en tanto.
No había quien le parase.
Cuando alguna "fémina" de la zona entraba en celo... desaparecía unos días.
Y volvía, con cicatrices y hecho unos zorros, cuando ya no podía con su alma.
Entonces, se tiraba dos o tres días -con sus noches- durmiendo a rabo suelto. 
Y ya podía caerse el cielo sobre su cabeza.
Sí.
Era algo especial.
Le gustaban las caricias como al que más.
Pero también necesitaba de "su espacio".
Ya miembro de la familia, gustaba por las noches de retirarse a "su rincón".
Se estiraba, nos miraba, se dejaba rascar las orejas y con un bufido nos decía: "Buenas  Noches"
Si después de eso te acercabas a "su rincón" raro era que no te llevaras un gruñido de aviso.
Incluso seguía (supongo que no lo podía evitar) buscándose las habichuelas por sí mismo.
Faltaría más.
Rara era la semana que no aparecía por casa con algo de comida.
Un bocadillo...
Unos restos de carne...
Incluso unos dulces.
Con el tiempo, te enterabas de que el carnicero, el panadero o incluso alguna "criatura" del colegio más cercano, habían "cedido a sus encantos"
Un seductor.
Con "orejas cachas" y rabo roto, pero un seductor.
Genio y figura.
Incluso alguna vez (era un perro grande y fuerte y podía dar miedo si se lo proponía) defendió a algún miembro de la familia poniendo pies en polvorosa a algún canalla.
Ese día no lo olvidaré nunca.
No porque sintiese el peligro, que lo hubo.
Si no porque lo sintió él.
Y no dudo ni un instante en jugarse el tipo por mí.
De eso, también me di cuenta con el pasar del tiempo.
Porque... el tiempo pasó. Para él mas rápido que para mi.
Y llegó un momento que se le acabó.
Supongo que yo no fui muy consciente de sus últimos días.
También crecí.
Y me olvidé de mis años felices de infancia y adolescencia junto a aquel noble animal.
Hasta que un día, me lo recordaron.
"No puede ya moverse" - me dijeron.
Fué entonces cuando recordé sus mejores días.
Mientras lo llevaba en brazos al veterinario. A lo que quedaba de él. Para que dejase de sufrir.
Estaba convencido de que ya no sentía nada.
No veía apenas, desde hacía mucho.
Estaba sordo.
Y supongo que olfato le quedaba poco.
Pero, tras el "respingo" de la aguja, sacó la dignidad que le quedaba y volvió a "dar miedo"
Me miró -sin verme- y os juro que en sus ojos leí esto:
NO ME DEJES CON EXTRAÑOS.
"Antes muerto" - le dije
Al veterinario, le pedí ser yo mismo quién "hiciera el trámite".
Bajo su supervisión.
Pero quería ser yo. Me lo había pedido.
Accedió, por supuesto. Incluso nos dejó a solas
Y ya a solas, al ser consciente de que eran mis manos y no otras, se relajó.
Apoyó la cabeza, cerró los ojos, soltó un largo suspiro y simplemente... murió.
Y tras eso recuerdo poco, pues apenas podía ver nada a mi alrededor.
No os voy a engañar: lloré como un niño chico.
Con ganas. Con fuerza. A borbotones.
Tuve durante muchos días un dolor sordo en el pecho. No sabría como definirlo.
Era muy similar al que sientes cuando conduciendo de noche, atropellas a un pobre y aterrorizado conejillo en medio de la carretera, inmovilizado por tus luces.
Oyes el golpe sordo contra la calandra de tu vehículo y no puedes más que suspirar.
Suspiras.
Te dices a tí mismo que es ley de vida y que no podías hacer nada.
Pero el dolor, persiste. Muchos kilómetros.
Con el tiempo, ese recuerdo (y el dolor sordo en el pecho también) se diluyeron.
Hasta que ayer, de paso por el centro de la ciudad, vi a un hombre curtido por el sol.
Con más mugre encima de la humanamente soportable.
Se arrinconaba con cartones, carro de supermercado y tres perros... en torno a un cuarto, que apenas podía moverse.
También era un perro grande, que también pudo dar miedo en su momento.
Y también estaba -seguramente- ciego, sordo e inválido.
Pero en sus ojos vi la misma súplica que me recordó tiempos lejanos y felices.
NO ME DEJES CON EXTRAÑOS.
El sintecho le acarició con infinita dulzura y fui muy consciente de que -efectivamente- no lo iban a dejar solo.
"Antes muerto" - le dijo el indigente al animal.
O eso creí oír.
No llevaba mucho efectivo encima para la ocasión, pero os puedo asegurar que le dí todo lo que tenía.
No fuera que me pasara como con aquel fantasma que vi una vez en El Semáforo 
Una vez leí que el mundo se vuelve un poco más gris y oscuro cuando un buen perro lo deja.
Es posible. No sé.
Pero desde luego, esos cuatro que ayer "me movían el rabo animadamente"  iban a comer caliente unos días.
Y uno de ellos era ciego, sordo e invalido. Pero me movía el rabo.
A mí.
Semper fidelis.

11 comentarios :

  1. Cabron.
    Me has hecho llorar de buena mañana.

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  2. Mis perritos. Cuanto los he querido. Tiens razon. Dan mucho y piden muy poco. Me he puesto tierno.

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  3. Maestre es usted... Un cabroncete.
    Buen relato

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  4. Genial relato Maestre. Me ha gustado mucho.

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  5. Querido Maestre Patarrán.
    Gracias a un RT he llegado a tu blog.
    Me he emocionado con tu relato.
    Y he llorado mucho. Pero mucho.
    He recordado a muchos de los perros que tuve y lo mucho que los quise.
    Quizas fueron de los seres mas queridos por mi.
    Como cuentas muy bien, ofrecen muchisimo y piden muy poco a cambio.
    Me has arrancado lagrimas, pero también esperanza.
    No esta todo perdido.
    Sigue escribiendo.
    Semper Fidelis.
    Andrea.

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    Respuestas
    1. Muchas Gracias, Andrea.
      Comentarios como el tuyo animan a seguir.
      ;-)

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  6. Me ha encantado la lectura y en mi nombre y en el de mi perra Balto te doy las gracias por poner palabras a sentimientos hasta llegar al nudo en la garganta. Semper Fidelis. Luis.

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    Respuestas
    1. Muchas Gracias Biker.
      Me alegro. De verdad de la buena.
      Semper Fidelis, Balto.
      ;-)

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  7. Maestre me ha encantado el relato.
    Has conseguido que me costara tragar saliva.
    Muy bueno.
    Julian.
    Madrid.

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